lunes, 29 de febrero de 2016

7 FRATRICIDIO [Tempestad en los andes]

Llegaron en la noche al pueblo las noticias de la sublevación. 
 
Ya desde días antes, temerosa la autoridad del estallido indígena que provocarían las torturas que se infligieron en la hacienda del cacique a los cabecillas, había logrado reforzar la guarnición provincial con soldados del ejército. Eran sesenta hombres de infantería suficientes para acabar con los indios rebeldes.
 
Todavía en plena oscuridad salió la expedición a dominar a los sublevados. Había que caer en la madrugada sobre el poblacho, sin darles tiempo para huir. Terminantes eran las órdenes. Se tenía que hacer un “escarmiento”, porque ya la insolencia de los indios no era tolerable. Pretendían nada menos que recuperar las tierras detentadas por el señor Diputado. 
 
A la luz indecisa del alba, comenzaron a descender. En el fondo del vallecito se acurrucaba la aldehuela de Inkilpampa, con sus casuchas aglomeradas, sin formar calles. 
 
Un agudo silbido atravesó  el espacio como una saeta. Era la señal de peligro. De la semidormida aldehuela, como de un hormiguero, emergían decenas de indios que se fugaban por los cerros vecinos. 
 
El jefe de la expedición ordenó  fuego, y se inició la cacería. Parapetados los tiradores en las peñolerías, disparaban sus fusiles certeramente. Después de una hora, se hizo alto. 
 
Al traqueteo de los rifles repetido indefinidas veces por el eco, sucedió el silencio.
 
Los soldados bajaron al ayllu con sus armas a la cazadora, humeantes aún. Iban a cobrar las piezas. 
 
Habían caído exánimes ocho, mortalmente heridos seis. El llanto de las mujeres y de los niños se mezclaba a los gorjeos de las avecillas madrugadoras. Trozos del Wayllar próximo al riachuelo estaban regados de sangre. 
 
Este de poncho rojo a rayas negras se mueve aún. El cabo Pedro Kispe se le aproxima. El rostro bañado en sangre - la herida es en la cabeza - y los ojos nublados ya por la muerte fijan su postrer mirada en el soldado. Algo ha visto el moribundo y se estremece. El cabo, compasivo, le limpia el rostro ensangrentado con el poncho. 
 
Breves segundo más, y la exclamación simultánea: 
 
- ¡Wayk’echay! (Hermano mío). 
 
La sangre se ha revelado; pero la muerte pone fin al diálogo que comenzaba. 
 
¡Fratricida!
Pagina 54 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975

viernes, 26 de febrero de 2016

6 EL TESORO DE LOS INKAS [Tempestad en los andes]

Alejo Kusirimachi Akostupa Inka descendía en línea recta de Cristóbal Paullu Inka, el buen amigo de Diego de Almagro; era un noble señor muy querido y reverenciado de los suyos. Don Alejo conservaba el secreto de la raza: la ubicación del tesoro de sus antepasados. Cuando llegó a los cien años y ya sus fuerzas declinaban definitivamente, su hijo Melchor Kusirimachi fue por él guiado y conducido a las misteriosas galerías subterráneas donde la tierra guarda la estupenda riqueza metálica de los emperadores del Cuzco. 
 
 Fue en la noche del plenilunio que el secreto se trasmitió, entre las sombras alucinantes que proyectaban, a la luz de la antorcha, las estatuas de oro de los poderosos monarcas del Imperio del Sol.  Resonando solemne la voz del patriarca indio en las pétreas bóvedas, el revelado escuchó  esta sentencia: “Estas infinitas riquezas que escaparon del pillaje español las utilizará nuestra raza el día que haya salido de los Andes el último blanco.”  Cuando los dos hombres llegaron a un amplísimo recinto en cuyo fondo se alzaba la imagen del Sol - un disco de oro que brillaba como una ascua, todo engastado en fina pedrería - el anciano recibió el secular juramento que se renovaba de generación en generación. El juramento del secreto irrevelable.  Juró con su sangre que, ni aun a riesgo de su vida, saldría de sus labios la palabra clave. La tradición vive en los ayllus. Ellos, los hijos de Manko K’apak, desheredados hoy, son mil veces más ricos que todos los blancos juntos. Llegará el día en que el tesoro hundido en el arca de piedra de las entrañas del Cuzco surja a la superficie. Entonces, no habrá sobre la tierra pueblo más feliz.
Pagina 44 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975 

jueves, 25 de febrero de 2016

5 SECRETO DE PIEDRA [Tempestad en los andes]

Cuando el indio comprendió que el blanco no era sino un insaciable explotador, se encerró en sí mismo. 

Aislóse espiritualmente, y el recinto de su alma - en cinco siglos - estuvo libre del contacto corruptor de la nueva cultura. Mantúvose silencioso, hierático cual una esfinge. 
Se hizo maestro en el arte de disimular, de fingir, de ocultar la verdadera intención. A esta actitud defensiva, a esta estrategia del dominado, a este mimetismo conservador de la vida, llamáronle la hipocresía india. 
 

La raza, gracias a ella, protege su vitalidad, guarda intacto el tesoro de su espíritu, preserva su “YO”. 
Se oye de continuo censurar la reserva, el egoísmo del indio: a nadie revela sus secretos. La virtud medicinal de las yerbas, la curación de enfermedades desconocidas, el derrotero de minas y riquezas ocultas, los procedimientos misteriosos de la magia. El indio se cuida muy bien de la adquisición de sus dominadores. No hablará. No responderá cuando se le pregunte. Evadirá  las investigaciones. Invencible en su reducto, para el blanco será  infranqueable su secreto de piedra. 
En cambio, él se informará  bien pronto de todos nuestros secretos de “hombres modernos”. Breve tiempo de aprendizaje bastará para que domine los más complejos mecanismos y maneje con serenidad y precisión que le son características las maquinarias que requieren completa técnica. 
El indio es para las otras razas epigónico. Sólo da a conocer su exterior inexpresivo. Bajo la máscara de indiferente, ¿hallaremos algún día su verdadero rostro? 
Su burlona sonrisa será  lo primero que descubramos. 
En lo insondable de esta conciencia andina, bulle el secreto de piedra.
Pagina 37 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975 

miércoles, 24 de febrero de 2016

4 UN MUNDO [Tempestad en los andes]

Veinte días de la orilla del mar, en el último repliegue de los Andes, en la invisible hondonada que protegen como infranqueables muros las montañas; allí, donde casi es imposible llegar, vive Un Mundo.
 
 Las aguas de la Historia no bañaron sus riberas. Desde los Inkas magníficos del Cuzco, desde la época de oro del Imperio del Sol, los habitantes de Un Mundo, no saben más que la leyenda un poco fantástica, un mucho confusa de los Hombres Blancos.  
Les cuentan que los viejos emperadores se marcharon para no caer en manos de la invasión extranjera.  
- Por el camino alto - dicen - huyeron los Inkas a refugiarse en el Antisuyu. Llevaban un kokawi de piedras. 
Visten los unkus negros y adórnanse la cabeza con vistosos pillkus. Trabajan la tierra con la chakitajlla y apacentan sus rebaños de allpakas y llamas. Adoran al sol y a la luna, a los apus y a los aukis. Moran felices en la comunidad de la tierra y en la universalidad del trabajo. 
- Viven aún los Inkas - aseguran - en la Tierra Misteriosa del Antisuyu; de allí van a volver, cuando el Sol se ponga rojo.  
No llevan el estigma de los mestizajes. 
Viven su pureza primitiva, ignorados e ignorantes de la pomposa civilización europea. 
Admirable supervivencia no estudiada aún por etnógrafos o sociólogos.  
Quiera el Sol mantener la virginidad de Un Mundo.  
Que no llegue hasta él el aliento corruptor de los “civilizadores”.

Pagina 36 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975 

martes, 23 de febrero de 2016

3 AVATAR [Tempestad en los andes]

La cultura bajará otra vez de los Andes.
De las altas mesetas descendió la tribu primigenia a poblar planicies y valles. Desde el sagrado Himalaya, desde el Altar misterioso arranca el impulso vital de los pueblos fundadores. En el camino las razas se juntan e se entrechocan, se mezclan y se separan.
Cada una se afirma en su esencia, pese a homologías temporarias. El árbol étnico vive de sus raíces aunque sus ramas se enreden en la maraña del bosque, aunque su copa se vista de exóticas flores. La Raza perdura.

Eclipses, quebrantamientos, inferioridad y opresión todo lo resiste. Vive en alzas y bajas, en florecimientos y decadencias: el brillo o la sombra no le afectan en lo íntimo. Puede ser hoy un imperio y mañana un hato de esclavos. No importa. La raza permanece idéntica a sí misma. No son exteriores atavíos, epidérmicas reformas, capaces de cambiar su ser.

El indio vestido a la europea, hablando inglés, pensando a la occidentad, no pierde su espíritu.

No mueren las razas. Podrán morir las culturas, su exteriorización dentro del tiempo y del espacio. La raza keswa fue cultura titikaka y después ciclo inka. Perecieron sus formas. Ya nadie erige monolitos Tiawanaku ni fabrica aryballus Kosko.

Pero los kewas sobreviven todas las catástrofes. Después del primer imperio, cayeron los andinos en el felahísmo. Mas, de la humana nebulosa, casi antropopiteca, surgió el inkario, otro luminar que duró cinco siglos, y habría alumbrado cinco más sin la atilana invasión de Pizarro.

De ese rescoldo cultural todavía viven cuatro millones de hombres en el Perú y seis más entre el Ecuador, Bolivia y la Argentina. Diez millones de indios caídos en la penumbra de las culturas muertas.[2]

De las tumbas saldrán los gérmenes de la Nueva Edad. Es el avatar de la Raza.

No ha de ser una Ressurrección de El Inkario con todas sus exteriores pompas. No coronaremos al Señor de Señores en el templo del Sol. No vestiremos el unku ni cubriráse la trasquilada cabeza con el llautu, ni calzaránse los desnudos pies con la usuta. Dejaremos tranquila a la elegante llama servicial. No serán momificados nuestros cuerpos miserandos. No adoraremos siquiera al Sol, supremo benefactor. Habremos olvidado para siempre el kipus: no intentaremos reanimar instituciones desaparecidas definitivamente. Habrá que renunciar a muchas bellas cosas del tiempo ido, que añoramos como románticos poetas. Mas, cuánta belleza, cuánta verdad, cuánto bien emanan de la vieja cultura, del milenario espíritu andino: todo fue desvalorizado por la presunción de superioridad de los civilizadores europeizantes.
La Raza, en el nuevo ciclo que se adivina, reaparecerá esplendente, nimbada por sus eternos valores, con paso firme hacia un futuro de glorias ciertas. Es el avatar, la incesante transformación, ley suprema que todo lo rige, desde el curso de los mundos estelares hasta el proceso de estas otras grandes estrellas que son las razas que pululan por el globo, erráticas dentro de un sistema: es el avatar que marca la reaparición de los pueblos andinos en el escenario de las culturas. Los Hombres de la Nueva Edad habrán enriquecido su acervo con las conquistas de la ciencia occidental y la sabiduría de los maestros de oriente. El instrumento y la herramienta, la máquina, el libro y el arma nos darán el dominio de la naturaleza: la filosofía-clave-metapsíquica hará penetrante nuestra mirada en el mundo del espíritu.

En lo alto de las cumbres andinas, brillará otra vez el sol magnífico de las extintas edades. Por sobre las montañas, en el espacio azul que sirve de fondo a los Andes - bambalinas de lo infinito - se producirá la armonía de Oriente a Occidente, cerrando la curva abierta milenios atrás. Se cumple el avatar: nuestra raza se apresta al mañana: puntitos de luz en la tiniebla cerebral anuncian el advenimiento de la Inteligencia en la actual agregación subhumana de los viejos keswas.
 Pagina 21 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975

lunes, 22 de febrero de 2016

2 ¡DEJADNOS VIVIR! [Tempestad en los andes]

De todas partes sale el grito uniforme.
Los hombres de la montaña y de la planicie, de la hondonada y de la cumbre, ululan el grito único.
Lo lanzan al cielo como una saeta vibrante y sonora.
No se escucha otro clamor, como si todos los hombres sólo fueran aptos para emitir esa sola vibración vocal.
¡Dejadnos vivir!
Es la raza fuerte, rejuvenecida al contacto con la tierra, que reclama su derecho a la acción. Yacía bajo el peso aplastante de la vieja cultura extraña.
Aprisionada en la férrea armadura del conquistador, la pujante energía del alma aborigen se consume. Estalla la protesta, y el grito unánime resuena de cumbre hasta convertirse en el vocerío cósmico de los Andes.


Pagina 20 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975

domingo, 21 de febrero de 2016

1 EL MILAGRO [Tempestad en los andes]


Era una masa informe, ahistórica. No vivía, parecía eterna como las montañas, como el cielo. En su rostro de esfinge, las cuencas vacías lo decían todo: sus ojos ausentes no miraban ya el desfile de las cosas. Era un pueblo de piedra. Así estaba de inerte y mudo; había olvidado su historia. Fuera del tiempo, como el cielo, como las montañas, ya no era un ser variable, perecedero, humano. Carecía de conciencia.
El bien y el mal, el dolor o el plácido vivir, Dios, el mundo, habían perdido, para él todo valor.
Era una Raza muerta. Le mataron los invasores hasta a sus dioses. La Españolada había caído sobre el jardín inkaico con la implacable y universal fuerza destructora de un crudo invierno.
Pasaron los siglos; para la Raza era ayer. Los agostados campos se desentumecen de su sueño de piedra. Hay un leve agitar de alas; quedamente se percibe un lentísimo arrastrarse de orugas; algo como sordo preludio de lejana sinfonía. La naturaleza vive el milagro primaveral.
La masa informe de los pueblos muertos se mueve también y todos los sepulcros tornaránse matrices de la Nueva Vida.
Hay un milagro primaveral de las razas.


Pagina 19 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975

sábado, 20 de febrero de 2016

Tempestad en los Andes

Este será la presentación que dará inicio a una secuencia de 10 textos sobre el renacimiento de la cultura andina. Escrita por Luis E. Valcarcel

Los textos cortos que se mostraran en los siguientes post hacen
parte de uno de los grandes clásicos de la peruanidad
y del movimiento por el rescate de la tradición
cultural andina. Con pequeños cuentos, crónicas, relatos
y ensayos, “Tempestad en los Andes”, obra de 1927,
propone y profetiza un momento histórico en que
los pueblos andinos van a rescatar su tradición y su
sabiduría. Es verdad que, en parte, la profecía de
Valcárcel es ya una realidad. Pero le falta otro tanto.