Era una masa informe, ahistórica. No vivía, parecía eterna como las montañas, como el cielo. En su rostro de esfinge, las cuencas vacías lo decían todo: sus ojos ausentes no miraban ya el desfile de las cosas. Era un pueblo de piedra. Así estaba de inerte y mudo; había olvidado su historia. Fuera del tiempo, como el cielo, como las montañas, ya no era un ser variable, perecedero, humano. Carecía de conciencia.
El bien y el mal, el dolor o el plácido vivir, Dios, el mundo, habían perdido, para él todo valor.
Era una Raza muerta. Le mataron los invasores hasta a sus dioses. La Españolada había caído sobre el jardín inkaico con la implacable y universal fuerza destructora de un crudo invierno.
Pasaron los siglos; para la Raza era ayer. Los agostados campos se desentumecen de su sueño de piedra. Hay un leve agitar de alas; quedamente se percibe un lentísimo arrastrarse de orugas; algo como sordo preludio de lejana sinfonía. La naturaleza vive el milagro primaveral.
La masa informe de los pueblos muertos se mueve también y todos los sepulcros tornaránse matrices de la Nueva Vida.
Hay un milagro primaveral de las razas.
domingo, 21 de febrero de 2016
1 EL MILAGRO [Tempestad en los andes]
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