domingo, 21 de febrero de 2016

1 EL MILAGRO [Tempestad en los andes]


Era una masa informe, ahistórica. No vivía, parecía eterna como las montañas, como el cielo. En su rostro de esfinge, las cuencas vacías lo decían todo: sus ojos ausentes no miraban ya el desfile de las cosas. Era un pueblo de piedra. Así estaba de inerte y mudo; había olvidado su historia. Fuera del tiempo, como el cielo, como las montañas, ya no era un ser variable, perecedero, humano. Carecía de conciencia.
El bien y el mal, el dolor o el plácido vivir, Dios, el mundo, habían perdido, para él todo valor.
Era una Raza muerta. Le mataron los invasores hasta a sus dioses. La Españolada había caído sobre el jardín inkaico con la implacable y universal fuerza destructora de un crudo invierno.
Pasaron los siglos; para la Raza era ayer. Los agostados campos se desentumecen de su sueño de piedra. Hay un leve agitar de alas; quedamente se percibe un lentísimo arrastrarse de orugas; algo como sordo preludio de lejana sinfonía. La naturaleza vive el milagro primaveral.
La masa informe de los pueblos muertos se mueve también y todos los sepulcros tornaránse matrices de la Nueva Vida.
Hay un milagro primaveral de las razas.


Pagina 19 de  “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975

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