Cuando el indio comprendió que el blanco no era sino un insaciable explotador, se encerró en sí mismo.
Aislóse espiritualmente, y el recinto de su alma - en cinco siglos - estuvo libre del contacto corruptor de la nueva cultura. Mantúvose silencioso, hierático cual una esfinge.Se hizo maestro en el arte de disimular, de fingir, de ocultar la verdadera intención. A esta actitud defensiva, a esta estrategia del dominado, a este mimetismo conservador de la vida, llamáronle la hipocresía india.
Pagina 37 de “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975
La raza, gracias a ella, protege su vitalidad, guarda intacto el tesoro de su espíritu, preserva su “YO”.Se oye de continuo censurar la reserva, el egoísmo del indio: a nadie revela sus secretos. La virtud medicinal de las yerbas, la curación de enfermedades desconocidas, el derrotero de minas y riquezas ocultas, los procedimientos misteriosos de la magia. El indio se cuida muy bien de la adquisición de sus dominadores. No hablará. No responderá cuando se le pregunte. Evadirá las investigaciones. Invencible en su reducto, para el blanco será infranqueable su secreto de piedra.En cambio, él se informará bien pronto de todos nuestros secretos de “hombres modernos”. Breve tiempo de aprendizaje bastará para que domine los más complejos mecanismos y maneje con serenidad y precisión que le son características las maquinarias que requieren completa técnica.El indio es para las otras razas epigónico. Sólo da a conocer su exterior inexpresivo. Bajo la máscara de indiferente, ¿hallaremos algún día su verdadero rostro?Su burlona sonrisa será lo primero que descubramos.En lo insondable de esta conciencia andina, bulle el secreto de piedra.
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