Llegaron en la noche al pueblo las noticias de la sublevación.
Ya desde días antes, temerosa la autoridad del estallido indígena que provocarían las torturas que se infligieron en la hacienda del cacique a los cabecillas, había logrado reforzar la guarnición provincial con soldados del ejército. Eran sesenta hombres de infantería suficientes para acabar con los indios rebeldes.
Todavía en plena oscuridad salió la expedición a dominar a los sublevados. Había que caer en la madrugada sobre el poblacho, sin darles tiempo para huir. Terminantes eran las órdenes. Se tenía que hacer un “escarmiento”, porque ya la insolencia de los indios no era tolerable. Pretendían nada menos que recuperar las tierras detentadas por el señor Diputado.
A la luz indecisa del alba, comenzaron a descender. En el fondo del vallecito se acurrucaba la aldehuela de Inkilpampa, con sus casuchas aglomeradas, sin formar calles.
Un agudo silbido atravesó el espacio como una saeta. Era la señal de peligro. De la semidormida aldehuela, como de un hormiguero, emergían decenas de indios que se fugaban por los cerros vecinos.
El jefe de la expedición ordenó fuego, y se inició la cacería. Parapetados los tiradores en las peñolerías, disparaban sus fusiles certeramente. Después de una hora, se hizo alto.
Al traqueteo de los rifles repetido indefinidas veces por el eco, sucedió el silencio.
Los soldados bajaron al ayllu con sus armas a la cazadora, humeantes aún. Iban a cobrar las piezas.
Habían caído exánimes ocho, mortalmente heridos seis. El llanto de las mujeres y de los niños se mezclaba a los gorjeos de las avecillas madrugadoras. Trozos del Wayllar próximo al riachuelo estaban regados de sangre.
Este de poncho rojo a rayas negras se mueve aún. El cabo Pedro Kispe se le aproxima. El rostro bañado en sangre - la herida es en la cabeza - y los ojos nublados ya por la muerte fijan su postrer mirada en el soldado. Algo ha visto el moribundo y se estremece. El cabo, compasivo, le limpia el rostro ensangrentado con el poncho.
Breves segundo más, y la exclamación simultánea:
- ¡Wayk’echay! (Hermano mío).
La sangre se ha revelado; pero la muerte pone fin al diálogo que comenzaba.
¡Fratricida!
Pagina 54 de “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975
No hay comentarios:
Publicar un comentario