6 EL TESORO DE LOS INKAS [Tempestad en los andes]
Alejo Kusirimachi Akostupa Inka descendía en línea recta de Cristóbal Paullu Inka, el buen amigo de Diego de Almagro; era un noble señor muy querido y reverenciado de los suyos. Don Alejo conservaba el secreto de la raza: la ubicación del tesoro de sus antepasados. Cuando llegó a los cien años y ya sus fuerzas declinaban definitivamente, su hijo Melchor Kusirimachi fue por él guiado y conducido a las misteriosas galerías subterráneas donde la tierra guarda la estupenda riqueza metálica de los emperadores del Cuzco.
Fue en la noche del plenilunio que el secreto se trasmitió, entre las sombras alucinantes que proyectaban, a la luz de la antorcha, las estatuas de oro de los poderosos monarcas del Imperio del Sol. Resonando solemne la voz del patriarca indio en las pétreas bóvedas, el revelado escuchó esta sentencia: “Estas infinitas riquezas que escaparon del pillaje español las utilizará nuestra raza el día que haya salido de los Andes el último blanco.” Cuando los dos hombres llegaron a un amplísimo recinto en cuyo fondo se alzaba la imagen del Sol - un disco de oro que brillaba como una ascua, todo engastado en fina pedrería - el anciano recibió el secular juramento que se renovaba de generación en generación. El juramento del secreto irrevelable. Juró con su sangre que, ni aun a riesgo de su vida, saldría de sus labios la palabra clave. La tradición vive en los ayllus. Ellos, los hijos de Manko K’apak, desheredados hoy, son mil veces más ricos que todos los blancos juntos. Llegará el día en que el tesoro hundido en el arca de piedra de las entrañas del Cuzco surja a la superficie. Entonces, no habrá sobre la tierra pueblo más feliz.
Pagina 44 de “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975
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