De todas partes sale el grito uniforme.
Los hombres de la montaña y de la planicie, de la hondonada y de la cumbre, ululan el grito único.
Lo lanzan al cielo como una saeta vibrante y sonora.
No se escucha otro clamor, como si todos los hombres sólo fueran aptos para emitir esa sola vibración vocal.
¡Dejadnos vivir!
Es la raza fuerte, rejuvenecida al contacto con la tierra, que reclama su derecho a la acción. Yacía bajo el peso aplastante de la vieja cultura extraña.
Aprisionada en la férrea armadura del conquistador, la pujante energía del alma aborigen se consume. Estalla la protesta, y el grito unánime resuena de cumbre hasta convertirse en el vocerío cósmico de los Andes.
Pagina 20 de “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975
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