La cultura bajará otra vez de los Andes.
De las altas mesetas descendió la tribu primigenia a poblar planicies y valles. Desde el sagrado Himalaya, desde el Altar misterioso arranca el impulso vital de los pueblos fundadores. En el camino las razas se juntan e se entrechocan, se mezclan y se separan.Cada una se afirma en su esencia, pese a homologías temporarias. El árbol étnico vive de sus raíces aunque sus ramas se enreden en la maraña del bosque, aunque su copa se vista de exóticas flores. La Raza perdura.Eclipses, quebrantamientos, inferioridad y opresión todo lo resiste. Vive en alzas y bajas, en florecimientos y decadencias: el brillo o la sombra no le afectan en lo íntimo. Puede ser hoy un imperio y mañana un hato de esclavos. No importa. La raza permanece idéntica a sí misma. No son exteriores atavíos, epidérmicas reformas, capaces de cambiar su ser.El indio vestido a la europea, hablando inglés, pensando a la occidentad, no pierde su espíritu.No mueren las razas. Podrán morir las culturas, su exteriorización dentro del tiempo y del espacio. La raza keswa fue cultura titikaka y después ciclo inka. Perecieron sus formas. Ya nadie erige monolitos Tiawanaku ni fabrica aryballus Kosko.Pero los kewas sobreviven todas las catástrofes. Después del primer imperio, cayeron los andinos en el felahísmo. Mas, de la humana nebulosa, casi antropopiteca, surgió el inkario, otro luminar que duró cinco siglos, y habría alumbrado cinco más sin la atilana invasión de Pizarro.De ese rescoldo cultural todavía viven cuatro millones de hombres en el Perú y seis más entre el Ecuador, Bolivia y la Argentina. Diez millones de indios caídos en la penumbra de las culturas muertas.[2]De las tumbas saldrán los gérmenes de la Nueva Edad. Es el avatar de la Raza.No ha de ser una Ressurrección de El Inkario con todas sus exteriores pompas. No coronaremos al Señor de Señores en el templo del Sol. No vestiremos el unku ni cubriráse la trasquilada cabeza con el llautu, ni calzaránse los desnudos pies con la usuta. Dejaremos tranquila a la elegante llama servicial. No serán momificados nuestros cuerpos miserandos. No adoraremos siquiera al Sol, supremo benefactor. Habremos olvidado para siempre el kipus: no intentaremos reanimar instituciones desaparecidas definitivamente. Habrá que renunciar a muchas bellas cosas del tiempo ido, que añoramos como románticos poetas. Mas, cuánta belleza, cuánta verdad, cuánto bien emanan de la vieja cultura, del milenario espíritu andino: todo fue desvalorizado por la presunción de superioridad de los civilizadores europeizantes.
Pagina 21 de “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975La Raza, en el nuevo ciclo que se adivina, reaparecerá esplendente, nimbada por sus eternos valores, con paso firme hacia un futuro de glorias ciertas. Es el avatar, la incesante transformación, ley suprema que todo lo rige, desde el curso de los mundos estelares hasta el proceso de estas otras grandes estrellas que son las razas que pululan por el globo, erráticas dentro de un sistema: es el avatar que marca la reaparición de los pueblos andinos en el escenario de las culturas. Los Hombres de la Nueva Edad habrán enriquecido su acervo con las conquistas de la ciencia occidental y la sabiduría de los maestros de oriente. El instrumento y la herramienta, la máquina, el libro y el arma nos darán el dominio de la naturaleza: la filosofía-clave-metapsíquica hará penetrante nuestra mirada en el mundo del espíritu.En lo alto de las cumbres andinas, brillará otra vez el sol magnífico de las extintas edades. Por sobre las montañas, en el espacio azul que sirve de fondo a los Andes - bambalinas de lo infinito - se producirá la armonía de Oriente a Occidente, cerrando la curva abierta milenios atrás. Se cumple el avatar: nuestra raza se apresta al mañana: puntitos de luz en la tiniebla cerebral anuncian el advenimiento de la Inteligencia en la actual agregación subhumana de los viejos keswas.
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