Veinte días de la orilla del mar, en el último repliegue de los Andes, en la invisible hondonada que protegen como infranqueables muros las montañas; allí, donde casi es imposible llegar, vive Un Mundo.
Las aguas de la Historia no bañaron sus riberas. Desde los Inkas magníficos del Cuzco, desde la época de oro del Imperio del Sol, los habitantes de Un Mundo, no saben más que la leyenda un poco fantástica, un mucho confusa de los Hombres Blancos.
Les cuentan que los viejos emperadores se marcharon para no caer en manos de la invasión extranjera.
- Por el camino alto - dicen - huyeron los Inkas a refugiarse en el Antisuyu. Llevaban un kokawi de piedras.
Visten los unkus negros y adórnanse la cabeza con vistosos pillkus. Trabajan la tierra con la chakitajlla y apacentan sus rebaños de allpakas y llamas. Adoran al sol y a la luna, a los apus y a los aukis. Moran felices en la comunidad de la tierra y en la universalidad del trabajo.
- Viven aún los Inkas - aseguran - en la Tierra Misteriosa del Antisuyu; de allí van a volver, cuando el Sol se ponga rojo.
No llevan el estigma de los mestizajes.
Viven su pureza primitiva, ignorados e ignorantes de la pomposa civilización europea.
Admirable supervivencia no estudiada aún por etnógrafos o sociólogos.
Quiera el Sol mantener la virginidad de Un Mundo.
Que no llegue hasta él el aliento corruptor de los “civilizadores”.
Pagina 36 de “Tempestad en los Andes”, de Luis E. Valcárcel, Editorial Universo, Lima, Peru, ed. 1975
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